3 veces Medellín

Sebastián Trujillo Osorio

(Ejercicio libre de la lectura del texto “3 veces Berlín” del profesor Memo Anjel)



Medellín desde su gente

Crecí en un barrio con muchos vecinos, Belén Rosales, allí permanecía en casa de algunos de ellos mientras mi mamá salía a hacer sus vueltas. De joven disfrute ampliamente del barrio Aranjuez donde vivía mi abuela, caminaba y comía helado en su parque principal. En el colegio, que ahora es también la universidad, no tuve muchos amigos, pero me permitió conocer gente muy particular. Crecí viendo una ciudad a través de sus noticias y de las ventanas de mi casa. Recorrí el Centro de mano de un amigo que me enseñó que en la ciudad era más importante aprenderme los nombres de la calles que su nomenclatura.

Con mi mamá conocí los parques y centros comerciales. En mi paso por la universidad he disfruta de los bohemios del Parque del Periodista; los niños bien del Lleras; las conversaciones en el Parque de El Poblado. He  conversado con intelectuales en el salón Versalles, acompañados siempre de las tradicionales empanadas argentinas. Descubrí los pecados que encierra el Parque de Bolívar; después trabajaría en el Teatro Lido, y allí pude descubrir que no hay dos seres humanos iguales como  a veces alguien quería hacerme creer. Vendedores ambulantes, niños –también vendedores-, oficinistas, cajeros, actores de teatro callejero, empleadas, pintores, bailarines… y así sucesivamente. En Medellín todo el mundo tiene un oficio o una profesión singular. Todos somos doctores, y muy “echados pa´ delante”.

Una ciudad es su gente, entoces tendríamos como 3 millones de Medellín. Una ciudad que nunca se contará del todo, y nunca la terminaremos de conocer. Y con la manía de parir de nuestras mujeres, nunca terminará de crecer. Tantos y tan diversos, así son los habitantes de la ciudad.

 

Medellín desde sus espacios

La ciudad está dividida, en muchas partes. De un lado y del otro, los del sur y los del norte; la geografía irregular posibilita aún más los quiebres socio demográficos. El río que cruza la ciudad va tan sucio y tan rápido que pocos le prestan atención, sólo acuden por allí a buscar cadáveres, los gallinazos avisan con su vuelo que alguien terminó la “vuelta” arrojando el “muñeco” a la “basura”. En el Centro hace años pasaba la quebrada Santa Elena, con sus puentes y parque a sus alrededores era el sitio para disfruta de los arboles –aún quedan algunos-, pero la quebradita también pasaba llena de basuras, entonces también las taparon. Ahora pasa por debajo.

En El Poblado, viven los ricos: allí mercan, trabajan, compran, ríen, procrean, nacen, van de rumba, van a cine, recorren centros comerciales, estudian, y lo más seguro es que también lloran, por aquello que de los “ricos también lloran”, y  más ahora que sus callecitas están congestionadas 18 horas al día, y que la montaña va a cediendo en su proceso natural.

Belén es casi otra ciudad. Allí vivimos gran parte de la clase media, hay casi todo lo que el hombre necesita para vivir en una ciudad y en su Parque Principal, sirve de refugio para: las palomas y los viejitos. Hay mucho comercio y buenas instituciones educativas. Hace poco hay allí un Parque Biblioteca con algo de estilo japonés. No leen mucho allí, pero siempre hay gente.

También está Laureles, donde había muchas cosas grandes – aunque no todas bonitas-. Diseñado por un gran artista plástico, es todo un enredo, con sus circulares y trasversales. Hay mucho verde –todavía-, una naciente oferta gastronómica, el centro comercial Unicentro – muy visitado en su momento- y la UPB, donde he permanecido por casi 16 años. En Laureles vivían los ricos primero – y antes en Prado-; pero cuando los más ricos se fueron para Llanogrande, quedó El Poblado para ellos; así van cambiando. En unos años los de Belén pasaremos a Laureles, los de Laureles a El Poblado, los que ahora están en El Poblado para Llanogrande, y los que están en Llanogrande ya no aguantarán más a Colombia, entonces estarán en Miami. Así el círculo se cierra.

De la calle Colombia (por nomenclatura la número 50) hacia el Norte (más o menos hasta la 110) viven los “pobres”, lo que en las noticias llaman “las comunas”, que en realidad son la 1 (Santo Domingo), la 2 (Santa Cruz), la 3 (Manrique), la 4 (Aranjuez), la 5 (Castilla), la 6 (12 de Octubre), la 7 (Robledo), la 8 (Villa Hermosa), y la 9 (Buenos Aires).  – Las otras  5 están para el otro lado-. Viven felices, entre la informalidad, las callecitas empinadas, las casas amontonadas, los metrocables que los trasporta por los aires con vista a la otra ciudad –para que la conozcan y se sientan orgullosos-. Los nuevos colegios, los parques biblotecas, las balas, las extorciones, el desempleo y los subsidios de Familias en Acción.

 

Medellín desde la literatura

En los “Frutos de mi Tierra”, Tomas Carrasquilla –tal vez el primer acercamiento de narrar la ciudad a través de la literatura- nos muestra la ciudad del Siglo XIX, que empieza a florecer gracias a pequeñas industrias y a pujantes arrieros que abrieron caminos colonizadores, de pobres que se vuelven ricos con la “malicia indígena” y ricos que se juntan con más ricos y añoran las grandes ciudades europeas, porque lo que tratan de traer algo de ellas a sus casas.

En “Una mujer de cuatro en conducta”, el abogado Jaime Sanín Echeverri evidencia el clasismo que ha imperado en todos los sectores de la ciudad, el desprecio por el campo –tan cerca de la urbe-, las muchachas campesinas que trabajaban como empleadas domésticas en las grandes casa de Prado y de La Playa. Sus amores imposibles y los primeros registros de prostíbulos. Tan mal vistos por las damas de  la alta sociedad y tan visitados por sus esposos.

Gonzalo Arango, el “pisahostias” mayor, le canta unas cuantas verdades a su ciudad en “Medellín a solas contigo”: “…¡Oh, mi amada Medellín, ciudad que amo, en la que he sufrido, en la que tanto muero! Mi pensamiento se hizo trágico entre tus altas montañas, en la penumbra casta de tus parques, en tu loco afán de dinero. Pero amo tus cielos claros y azules, como ojos de gringa… Hay otras mercancías que no produces: los alimentos del alma. Ni siquiera tienes una fabriquita para alimentos del alma. Tus politécnicos y universidades sólo vomitan burócratas, peones, jefes de personal y millares de contadores para tu potente máquina económica, tus cerebros electrónicos y tu Bolsa Negra…”

Por otra parte, Medellín es una ciudad donde en cada taxi en el que me trasporte puedo resultar vilmente asesinado, según la película “La virgen de los sicarios”, basada en la novela homónima de Fernando Vallejo, donde no sólo la muerte asecha en cada taxi, sino también en Junín, en La Playa, en Laureles, incluso en el Metro (no recuerdo que en los 15 años de funcionamiento de este sistema de trasporte una muerte violenta dentro de sus instalaciones –excepto los suicidas-), en todas partes hay ángeles de la muerte, muchachos de las comunas que matan a sueldo. Como también se relata en “Rosario Tijeras” de Jorge Franco, el amor entre balas y narcotráfico.

“Fragmentos de un amor furtivo”, de Héctor Abad, continua la misma línea de trágicas noticias de violencia que sacuden la ciudad, allí,  dos amantes encerrados en su apartamento en El Poblado son indiferentes a lo que pasa afuera –casi el fin del mundo-, mientras disfrutan de sus encuentros sexuales, donde otro mal –el amor- terminará acabando con su felicidad.

 

En conclusión, en Medellín hay de todo; por eso hay que vivirla, recorrerla y sentirla.